La Rompiente

Cada mañana salía a la pequeña terraza y miraba hacia el horizonte.

Con el tiempo pudo distinguir, por su canto, a los pájaros tropicales que durante la alborada hicieron las veces de despertador selvático.

Escuchaba el melodioso canto de la “sabiá”, el “taca-taca” inconfundible del “tucano” y los silbidos, gorjeos y trinos de tantos otros que solían permanecer ocultos entre el follaje cercano.

Al frente, la vista era despejada. Se veía el parque, el cerco, la arena, el mar y metros más allá, el fin del arrecife donde comenzaba la rompiente.

Cada mañana, ese color podía emocionarlo hasta las lágrimas y relajarlo.

Cada mañana, algunas sin desearlo, repetía el “Saludo al Sol” que invariablemente le recordaba aquella presente ausencia.

La eterna brisa marina le invitaba a inspirar profundamente. Casi un diario pranayama.

Pero, y siempre hubo un pero, no permitía que esa diaria esperanza, ese viaje interno que comenzaba cada mañana, continuase más allá de la rompiente.

¡Sí, la rompiente! Sus propias columnas de Hércules, donde las monstruosas y amenazantes tortugas marinas, donde Lestrigones y Cíclopes harían zozobrar su nave.

Cada mañana casi como una letanía, a poco de levar anclas y desplegar sus velas, el navío las arriaba y volvía a puerto por refugio.

Cada mañana su mirada se perdía en la rompiente, su horizonte cercano.

Cada mañana volteaba y se encontraba con la amplia cama, vacía. Y ya no sabía si era por culpa de los pranayamas, de los Saludos, de los pájaros o de las velas.

Nuevamente miraba hacia el horizonte, hacia la rompiente. El sabía de rompientes y de arrecifes. Los hubo recorrido en distintos mares que siempre lo fascinaron. Hasta que descubrió ahora ese otro color, el turquesa, y supo lo que era quedarse sin aliento.

Cada mañana se invitaba a ir más allá de la rompiente.

Cada mañana arriaba sus velas.

Fue un día de junio; las lluvias se contaban por semanas y ella estacionó su pequeña motocicleta afuera de la recepción. El, que venía de su diario arriar de velas, se asomó desde su oficinita en el piso alto cuando oyó el sonido del motor.

Entonces notó que, milagrosamente, las lluvias cesaron en ese instante.

La desconocida se quitó el casco negro, sacudió su corta cabellera castaña y volteándose, miró hacia arriba. La sorprendió que el torso del hombre desapareciera súbitamente de la pequeña ventana. En realidad, la cinematográfica escena lo había empujado hacia atrás con la fuerza de una tromba hasta caer sentado en su silla.

“¡Oooi!” saludó ella; y él supo entonces que ella se había apoderado definitivamente de su alma.

“¡Así de extremistas somos los marinos!” pensó. “¡Así de profundos somos los buzos!”, se corrigió.

Bajó las escaleras de madera que siempre crujían a pesar de sus pies descalzos. Casi como una fanfarria que anuncia el comienzo del desfile, sus pasos tronaron en la recepción; no por la firmeza del descenso sino más bien por su indisimulable ansiedad trastabillante.

A duras penas, mientras descendía pudo ver el horizonte. Inexplicablemente, la rompiente se había desplazado muchos,  muchos metros mar adentro.

JAC

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