Archive for 7 noviembre 2009

El Bosque de las Luciérnagas

noviembre 7, 2009

Algunos decían que no existía, otros creían en él. Muchos, muchos pasaban de la idea y unos muy pocos jamás confesarán que pisaron su suelo. Aunque seguramente disfracen la verdad y conviertan la experiencia en un cuento que relatarán a los más pequeños a la hora de llevarlos a la cama.

Pero la realidad, ah la realidad! Es la que tú quieras imaginar; pues imaginando la realidad, realizarás tu imaginación. Decían que se encontraba cerca del río, del ancho río que bañaba las costas de Kalolandia; ese país en el que la música se escuchaba todo el tiempo. Definitivamente sí, se hallaba cerca del río, del ancho río, que aunque no se veía desde el bosque, el rumor de sus aguas y el aroma de sus riberas denotaban su cercana presencia.

Cuánto tiempo has andado; cuántas veces te hablaron del Bosque de las Luciérnagas; cuántas veces los desoíste; cuántas creíste no estar preparado; cuántas intentaste disparar el arco zen buscando ese blanco que te mostraban y tú nunca veías. El Bosque de las Luciérnagas ya no es espejismo, ya no es quimera. Allí está. Cerca del río, del ancho río.

Tú ya lo has percibido. Transformaste esa cárcel en alfombra voladora y el navío de una sola vela te trajo por el río, el ancho río hasta el Bosque de las Luciérnagas para descalzarte y caminar por su verdor. Para inspirar sus aromas, para aromatizarte de inspiración.

Y has descubierto que no te encuentras solo en el Bosque de las Luciérnagas. Tus queridos están con vos. Si hasta el Hada del Bosque que alguna vez te hablara de nuestras cárceles del alma que son tan nuestras como la libertad de navegar, se paró frente a ti en el Bosque de las Luciérnagas extendiendo su mano para mirarte sin hablar, para decirte sin decir aquello que tú, ahora sí, has comprendido.

Cae la noche en el Bosque de las Luciérnagas. La luz que apenas se filtraba por la espesura de su fronda se desvanece. Entonces sí aparecen ellas: las luciérnagas, sus habitantes nocturnos, sus dueñas. Titilan nerviosamente alrededor del Hada entregándole, como cada noche desde hace siglos, el profundo secreto de la armonía que ella revelará a los que encuentren el Bosque.

Ya es noche en Kalolandia. Cerca se oye el río, el ancho río.

JAC

Alquitrán en la Ruta 66

noviembre 4, 2009

Era uno de esos días de verano en los que la furia del sol sobre la ciudad le demostraba a los humanos lo errado que era vivir en una megalópolis.
Desde la ventana de su oficina se podía ver el edificio de enfrente, el de al lado, el de más allá y también el de más acá. Tenía la suerte, o mejor dicho el cargo necesario en la empresa como para ocupar un piso alto y así espiar el cielo.
La mañana había sido extrañamente tranquila. “¡Debe ser por el calor!”, pensó. Sólo había tenido algunas reuniones preparatorias pero nada decisivas. “¡Es por la proximidad de las fiestas!” aseguró.
Sentirse relajado lo envalentonó para salir a la calle. Tomó el saco del perchero, pero recapacitó y lo volvió a colgar. Salió de su despacho encaminándose hasta el ascensor que fue abarrotándose de gente a medida que descendía a la planta baja.
Recorrió el enorme lobby de entrada y mirando sus inmensos ventanales, pensó cuán necesarias serían unas plantas.
Navegó por la puerta giratoria y entonces sintió el aire del verano estallándole en el cuerpo. Pensó en dar media vuelta más, como los niños hacen, y regresar al lobby, pero ese día estaba decidido. “¡Algo me sucede; deben ser las vacaciones!”, aseguró.
Caminó hacia el norte; a siete cuadras se encontraba el río donde la brisa lo refrescaría. Sólo alcanzó a caminar cincuenta metros cuando en la esquina descubrió una máquina gigantesca. Nunca había visto nada semejante. Hasta llegó a compararla con el monstruo del lago Ness,-“¡Que sí existe! Y cuando se deja ver es porque busca el calor de los veranos caledonios.”
Alrededor de la monstruosa criatura había una cuadrilla de operarios con sus chalecos refractantes que sudaban hasta su propia sangre, por el calor del día y por el que emanaba de la infernal máquina.
El monstruo tragaba alquitrán sólido por su tolva superior y luego de pasar por un proceso interno de derretimiento, esparcía en la calle, como una enorme lengua, el asfalto que agradecerían los automovilistas pero que actualmente odiaban los transeúntes.
Ya confundido por el agobiante calor, el infernal monstruo y los sudorosos hombres, sintió que debía conectarse con la naturaleza para escapar del averno que lo rodeaba. “¡Debo oler tierra!” se aconsejó. “Así podré conectarme con mi Ser”. Y maldijo haberlo dejado en la oficina. Así era pues, su Ser sólo existía en la oficina. Nunca debió haber traspasado la puerta giratoria.
Miró a su alrededor girando como un trompo; buscando ese pedazo de tierra que le devolvería la cordura; pero no lo hallaba. Arriba, sólo el vidrio, el acero y el cemento de los edificios. Apenas atisbaba el cielo donde la fulgurante luminosidad del sol encandilaba sus ojos claros.
No podía parar de girar hasta que dio un salto y trepándose a la tobera de la máquina, recogió con sus manos unos trozos de alquitrán, los olió, los inspiró y los esnifó y hasta los restregó por sus narices.

Despertó luego en la guardia del hospital de la City. Estaba sedado y no entendía bien qué había sucedido. Sólo supo que nunca debió atravesar la puerta giratoria.
Días más tarde, ya dado de alta, se encontraba en el living de su casa frente al televisor con un vaso de Etiqueta Negra en su mano izquierda y el control remoto en la derecha. No prestaba atención a lo que sucedía en la pantalla. Por su mente sólo transcurrían las imágenes de aquel caluroso día en la City.
De repente, como en aquel día, sintió un estremecimiento extraño recorrer su cuerpo. Apoyó el vaso de whisky, apagó el televisor y miró alrededor de su enorme y lujoso departamento. “¿Por qué no tendría balcones?” “¿Por qué no habré puesto plantas?” se preguntó.
Tomó su estilográfica con pluma de oro y una pequeña hoja de papel y redactó una nota para la señora Elvira, quien llegaría por la mañana para hacer la limpieza. Recordó las veces que ella, con felicidad en el rostro, le había hablado de sus cinco hijos; de lo que tuvo que luchar después que su marido la abandonase; del tren y del metro que diariamente debía tomar para llegar al centro. Y él escribió: “Sra. Elisa: Aquí le dejo las llaves originales del departamento; son suyas. Además, quiero que todo lo que hay aquí sea para Ud. y sus hijos. Muchas gracias por tantos años de dedicación y servicio”. Firmado: El.
Descendió hasta el garaje y subió a su auto importado. Recordó que en la avenida de circunvalación había una agencia que vendía trailers. Llegó hasta el local y dando su europeo en parte de pago, retiró uno de esos buses transformados en casa rodante. Giró la llave del encendido y rogando no chocar contra nada (era enorme) se dirigió hasta el empalme de la 66.
Amaneció manejando y paró en una gasolinera para repostar combustible. Compró agua mineral, café instantáneo y re-emprendió la marcha por el desierto. Recordó Paris-Texas, Bagdad Café y notó que hacía mucho que no evocaba cosas vívidas. Sólo habían sido títulos, acciones, divisas o tasas de interés. Aferrándose fuerte al volante, esbozó una gran sonrisa.
Ya era casi mediodía, el sol del desierto caía a plomo auque extrañamente él no lo padecía, apenas sentía calor…sólo calor.

Supuso por la posición del sol (su Cartier se lo había dejado a la Sra. Elvira) que serían las 2 p.m. Levantó su mirada hacia el espejo retrovisor y se descubrió barbudo. “Voy a parar para afeitarme” decidió. Aminorando la velocidad, fue desplazándose hasta la banquina y descendió hasta la tierra reseca. Tomó la vieja navaja amarillenta que había sido de su padre, la espuma de afeitar y bajó del vehículo. Utilizó uno de los vidrios laterales como espejo y bajo el sol del desierto comenzó el ritual que tan bien le había enseñado su viejo español. Cuando acabó de rasurarse, refunfuñó; no por algún inevitable corte sino por olvidarse de comprar loción en el seven-eleven de la gasolinera. Después de todo era muy pronto para dejar de lado sus refinamientos citadinos. Tomó entonces uno de los bidones de combustible que llevaba de repuesto, y volcando un pequeño chorro en su mano izquierda, se masajeó la cara. Los cuervos cercanos se espantaron al escuchar su alarido.
“¡Puta con los hidrocarburos!” Maldijo.
JAC

Ya no Más

noviembre 1, 2009

Ya no más ilusiones.
Ya no más sueños.
Todo lleva hacia el abismo.
Todo abismo lleva a tí.
¡Pudiste cambiar el rumbo!
¿Pudiste?
¡Pudieron ayudarte!
¿Pudieron?
Se descorren los velos.
Sólo queda la realidad.
¡Estás cómodamente adormecido!
¿Cómodamente?
¡Cierra tus ojos!
¡Usa las cobijas!
¡Todo pasará, pasará!
Pero el último quedará…

JAC