Alquitrán en la Ruta 66

Era uno de esos días de verano en los que la furia del sol sobre la ciudad le demostraba a los humanos lo errado que era vivir en una megalópolis.
Desde la ventana de su oficina se podía ver el edificio de enfrente, el de al lado, el de más allá y también el de más acá. Tenía la suerte, o mejor dicho el cargo necesario en la empresa como para ocupar un piso alto y así espiar el cielo.
La mañana había sido extrañamente tranquila. “¡Debe ser por el calor!”, pensó. Sólo había tenido algunas reuniones preparatorias pero nada decisivas. “¡Es por la proximidad de las fiestas!” aseguró.
Sentirse relajado lo envalentonó para salir a la calle. Tomó el saco del perchero, pero recapacitó y lo volvió a colgar. Salió de su despacho encaminándose hasta el ascensor que fue abarrotándose de gente a medida que descendía a la planta baja.
Recorrió el enorme lobby de entrada y mirando sus inmensos ventanales, pensó cuán necesarias serían unas plantas.
Navegó por la puerta giratoria y entonces sintió el aire del verano estallándole en el cuerpo. Pensó en dar media vuelta más, como los niños hacen, y regresar al lobby, pero ese día estaba decidido. “¡Algo me sucede; deben ser las vacaciones!”, aseguró.
Caminó hacia el norte; a siete cuadras se encontraba el río donde la brisa lo refrescaría. Sólo alcanzó a caminar cincuenta metros cuando en la esquina descubrió una máquina gigantesca. Nunca había visto nada semejante. Hasta llegó a compararla con el monstruo del lago Ness,-“¡Que sí existe! Y cuando se deja ver es porque busca el calor de los veranos caledonios.”
Alrededor de la monstruosa criatura había una cuadrilla de operarios con sus chalecos refractantes que sudaban hasta su propia sangre, por el calor del día y por el que emanaba de la infernal máquina.
El monstruo tragaba alquitrán sólido por su tolva superior y luego de pasar por un proceso interno de derretimiento, esparcía en la calle, como una enorme lengua, el asfalto que agradecerían los automovilistas pero que actualmente odiaban los transeúntes.
Ya confundido por el agobiante calor, el infernal monstruo y los sudorosos hombres, sintió que debía conectarse con la naturaleza para escapar del averno que lo rodeaba. “¡Debo oler tierra!” se aconsejó. “Así podré conectarme con mi Ser”. Y maldijo haberlo dejado en la oficina. Así era pues, su Ser sólo existía en la oficina. Nunca debió haber traspasado la puerta giratoria.
Miró a su alrededor girando como un trompo; buscando ese pedazo de tierra que le devolvería la cordura; pero no lo hallaba. Arriba, sólo el vidrio, el acero y el cemento de los edificios. Apenas atisbaba el cielo donde la fulgurante luminosidad del sol encandilaba sus ojos claros.
No podía parar de girar hasta que dio un salto y trepándose a la tobera de la máquina, recogió con sus manos unos trozos de alquitrán, los olió, los inspiró y los esnifó y hasta los restregó por sus narices.

Despertó luego en la guardia del hospital de la City. Estaba sedado y no entendía bien qué había sucedido. Sólo supo que nunca debió atravesar la puerta giratoria.
Días más tarde, ya dado de alta, se encontraba en el living de su casa frente al televisor con un vaso de Etiqueta Negra en su mano izquierda y el control remoto en la derecha. No prestaba atención a lo que sucedía en la pantalla. Por su mente sólo transcurrían las imágenes de aquel caluroso día en la City.
De repente, como en aquel día, sintió un estremecimiento extraño recorrer su cuerpo. Apoyó el vaso de whisky, apagó el televisor y miró alrededor de su enorme y lujoso departamento. “¿Por qué no tendría balcones?” “¿Por qué no habré puesto plantas?” se preguntó.
Tomó su estilográfica con pluma de oro y una pequeña hoja de papel y redactó una nota para la señora Elvira, quien llegaría por la mañana para hacer la limpieza. Recordó las veces que ella, con felicidad en el rostro, le había hablado de sus cinco hijos; de lo que tuvo que luchar después que su marido la abandonase; del tren y del metro que diariamente debía tomar para llegar al centro. Y él escribió: “Sra. Elisa: Aquí le dejo las llaves originales del departamento; son suyas. Además, quiero que todo lo que hay aquí sea para Ud. y sus hijos. Muchas gracias por tantos años de dedicación y servicio”. Firmado: El.
Descendió hasta el garaje y subió a su auto importado. Recordó que en la avenida de circunvalación había una agencia que vendía trailers. Llegó hasta el local y dando su europeo en parte de pago, retiró uno de esos buses transformados en casa rodante. Giró la llave del encendido y rogando no chocar contra nada (era enorme) se dirigió hasta el empalme de la 66.
Amaneció manejando y paró en una gasolinera para repostar combustible. Compró agua mineral, café instantáneo y re-emprendió la marcha por el desierto. Recordó Paris-Texas, Bagdad Café y notó que hacía mucho que no evocaba cosas vívidas. Sólo habían sido títulos, acciones, divisas o tasas de interés. Aferrándose fuerte al volante, esbozó una gran sonrisa.
Ya era casi mediodía, el sol del desierto caía a plomo auque extrañamente él no lo padecía, apenas sentía calor…sólo calor.

Supuso por la posición del sol (su Cartier se lo había dejado a la Sra. Elvira) que serían las 2 p.m. Levantó su mirada hacia el espejo retrovisor y se descubrió barbudo. “Voy a parar para afeitarme” decidió. Aminorando la velocidad, fue desplazándose hasta la banquina y descendió hasta la tierra reseca. Tomó la vieja navaja amarillenta que había sido de su padre, la espuma de afeitar y bajó del vehículo. Utilizó uno de los vidrios laterales como espejo y bajo el sol del desierto comenzó el ritual que tan bien le había enseñado su viejo español. Cuando acabó de rasurarse, refunfuñó; no por algún inevitable corte sino por olvidarse de comprar loción en el seven-eleven de la gasolinera. Después de todo era muy pronto para dejar de lado sus refinamientos citadinos. Tomó entonces uno de los bidones de combustible que llevaba de repuesto, y volcando un pequeño chorro en su mano izquierda, se masajeó la cara. Los cuervos cercanos se espantaron al escuchar su alarido.
“¡Puta con los hidrocarburos!” Maldijo.
JAC

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