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La Miel en Las Vistillas

octubre 1, 2011

La Miel en las Vistillas

                                                                                                                                                               a Marito, mi hermano

Escritos antiguos y mapas. ¿Qué cosa tienen en común?…El misterio.

Así, con esta comparación se inicia esta historia de viajes, búsqueda, amistad, de vida, de misterio.

La letra manuscrita era tan antigua que le pareció gótica. Bueno, no era para tanto. Pero eso sí, era del siglo 19.

En su primer contacto con el antiguo manuscrito no pudo relacionarlo con un hecho concreto. Pero sabía que si seguía las indicaciones en él vertidas, encontraría algo valioso, no sin antes recorrer un largo camino. ¿Qué más podía pedir? Aventura y misterio garantizados.

Durante muchos años esas letras estuvieron guardadas hasta que se le revelaron. No obstante, tuvieron que pasar aún algunos años más hasta que sintiera en su interior esa llamada a descubrir lo misterioso. A ir en su procura.

“¡Primero lo primero!”, pensó. “¿Quiénes son esas personas que se mencionan? ¿Dónde quedan esos lugares?”. Ninguna de las respuestas estaba a su alcance. “Debo iniciar el viaje!” concluyó.

A pesar de lo que podía suponerse. Los preparativos para el viaje fueron sencillos. Apenas una valija y el manuscrito. El llamado era muy fuerte.

Su destino era una ciudad europea. Ya había advertido a sus contactos allí que llegaría para iniciar la búsqueda antes de que terminara el verano boreal.

No sabía cual podía ser la repercusión de su búsqueda, ni si otros podían estar interesados en perturbar su viaje. Entonces, decidió disfrazarlo como una visita familiar y turística. Así fue que su principal contacto en Europa pasó a ser su “hermano” quien lo recibió junto a su mujer, su pequeño hijo y un “amigo de la familia” a quien el niño llamaba tío.

Los primeros días en Madrid, de esa ciudad se trataba, transcurrieron apaciblemente familiares. Recorridas turísticas, almuerzo y cenas disfrutando de la gastronomía española. El museo del Prado, el Reina Sofía… Y no faltó ocasión para escuchar música en vivo en el Clamores.

No querían dar lugar a despertar sospechas. El no sabía si era seguido. Para confirmarlo  o para desecharlo, Ariel, tal el nombre en clave de su “hermano”, le propuso un viaje relámpago junto con su esposa para distraer la atención de eventuales perseguidores. Ariel y él sabían que la búsqueda que se había iniciado en el lejano sur de América podía presentar resultados no previstos.

Ariel era más que su hombre de confianza. Era su sostén en determinadas situaciones. Se habían conocido en el Instituto cuando las vocaciones de ambos los proyectaron hacia el mundo de la investigación. Su figura alta y desgarbada, su rubia cabellera, sus rasgos caucásicos le hacían parecer más extranjero aún en España. Sensible como pocos y dueño de una inteligencia superior, le encantaba prenderse en charlas y debates.

El destino del corto periplo era Londres. El motivo: asistir a una feria internacional de la moda joven.  Hacia la gran isla partieron Ariel, su esposa y él. El “amigo de la familia” permanecería en Madrid recopilando información sobre algunos datos del manuscrito que le habían parecido familiares ya que suponía alguna relación con las redes ferroviarias del país.

Fueron apenas un par de días en la bella ciudad. “La capital del contraespionaje”, pensó. Extrañamente, los días se presentaron soleados. A pesar de sus visitas anteriores, nunca dejaba de sorprenderse con la vorágine de la City, de Piccadilly Circus. Un paisaje urbano de decadente nobleza invadido por razas de todo el mundo, especialmente de aquellos países que fueran colonizados en épocas del Imperio.

Luego de asistir a la feria de la moda en el barrio de Angel, recorrieron sus calles céntricas disfrutando de una orquesta de cámara en Covent Garden, las marquesinas de los teatros del West End, el Soho, el puente de la Torre. Durante todo ese día no se sintieron seguidos.

Al día siguiente decidieron pasear por Hyde Park cuya amplitud les permitiría ver más a la distancia a algún sospechoso perseguidor. Por la tarde supieron que era tiempo de regresar a Madrid a comenzar el verdadero viaje.

Lo primero que harían al regresar Ariel y él sería reencontrarse con Lanam (el extraño nombre clave celta del “amigo de la familia”) quien les había anticipado telefónicamente algunos descubrimientos que había hecho.

La oficina de Lanam, en pleno centro de Madrid a pasos de la Puerta del Sol, parecía aquellas de las novelas policiales negras americanas en las que la chica iba a contratar los servicios de un detective privado. Algo sucia, bastante desprolija. Papeles con mensajes  pegados en las paredes y un olor algo rancio a botella aún abierta.

Lanam era un antiguo investigador itinerante. Colega también del Instituto, aunque algunos años más experimentado que ellos. Era el típico investigador. Sereno, profundo, pensante, algo cascarrabias. Poseía además un gran talento musical. Una gran cantidad de guitarras se hallaban dispersas por la oficina. Era además, coleccionista de trenes de juguete. Las maquetas acumuladas en un rincón así lo evidenciaban.

“¡Lo encontré!” dijo Lanam, mirando por encima de sus anteojos. “Encontré el lugar en un viejo mapa ferroviario que guardo”. Así fue que conocieron el nombre del pueblo de Ordenes. “¡Qué paradoja!” exclamó Ariel. “Estamos en busca de pistas y en su lugar recibimos Ordenes”

“¡Ordenes se llama la localidad y queda a 60 km de Santiago de Compostela, Provincia de la Coruña, Comunidad Autónoma de Galicia!” dijo Lanam, molesto por la desatención de sus dos colegas. Seguramente era un antiguo apeadero del tren que partía desde Santiago hacia la costa del Cantábrico.

“¡Bien!”, dijo Ariel. “Debemos iniciar nuestro viaje por carretera cruzando los montes hasta llegar a Santiago. Allí haremos base para encarar la próxima etapa hacia Ordenes”. Fue entonces cuando los tres se miraron y descubrieron una nueva paradoja. Estarían iniciando el Camino de Santiago que desde tiempos inmemoriales es recorrido por los fieles del Santo hasta su tumba en la ciudad de Santiago del Campo de las Estrellas. Sólo que no se iniciaría en Francia sino en Madrid.

Tanto Ariel como Lanam parecían algo dubitativos respecto del momento de iniciación del viaje. Creían que deberían esperar hasta la llegada del invierno. El no estaba dispuesto a dilatar más la búsqueda. Y entendía que debían aprovechar los últimos movimientos turísticos del verano para pasar desapercibidos. Y además, esto no se los mencionó, el llamado interno era cada vez más intenso. Percibía que estaba en los umbrales de hallar algo trascendente. Después de todo, el mecanismo de búsqueda ya se había puesto en marcha y no existía vuelta atrás. Estaba decidido a emprender el viaje solo, aunque sus contactos insistieran en aplazar la fecha.

Al verlo tan resuelto, Ariel y Lanam decidieron seguir adelante. Habían acordado que Lanam permanecería en Madrid como apoyo.

Ariel era un profundo conocedor de las rutas de España ya que su actividad de pantalla era la ser vendedor para una marca de ropa juvenil. Conocía el país como pocos, pero extrañamente nunca había estado en Galicia.

No sería un viaje demasiado largo ya que la distancia entre Madrid y Santiago era de 600 km. Resolvieron viajar toda la noche para arribar a Santiago con las primeras horas del día siguiente. Pero antes, los tres deberían investigar más aquellos otros nombres que aparecían en el manuscrito. Gorgulhos, Cabaleiros, seguramente eran localidades también, sólo que tampoco figuraban en los mapas. Habían además, nombres de personas. “¿Quiénes serían esos cristianos? Estarían aún vivos. Seguramente no”, pensaron los tres casi simultáneamente. ¿Encontrarían familiares o personas que pudieran echar luz sobre el asunto? De una enésima lectura del documento surgió un nombre: Don Antonio. ¿Quién sería ese hidalgo?

Decidieron sin más concluir la investigación y emprender el viaje.

Esa misma tarde subieron al auto Ariel y él.

Madrid es una ciudad que se colorea aún más por las tardes. El sol de sus atardeceres tiñe la ciudad como pocas veces hubo visto. Una capa de miel parece derretirse sobre las paredes de sus casas, de sus torres, de sus monumentos. Su diurno colorido torna al amarillo miel en una poética cadencia crepuscular.

La ruta transcurría entre puertos de montaña e infinidad de curvas y puentes. Mientras duró la claridad el cambiante paisaje le pareció encantador. El viaje dio lugar a amenas charlas. Recordaron sus días en el Instituto, sus correrías, las rosarinas…También su graduación y los primeros trabajos en conjunto. En un momento y casi al unísono se dijeron: “¿Cómo llegamos hasta aquí?” Una nueva carcajada resonó dentro del viejo Renault. ¿Cómo era que sus vidas seguían en estrecho contacto a pesar de la distancia? Viejos camaradas, sabían que en esa travesía sólo ellos podían acompañarse el uno al otro. El viaje nocturno sirvió para distender en algo la tensión que les generaba el misterio del manuscrito.

El amanecer los encontró sentados sobre los taburetes de un parador de la ruta desayunando chocolate con churros.

De pronto, sobre un gran espejo que estaba detrás de la barra se reflejaron dos hombres que entraron al parador cruzando miradas con  los dos investigadores. Eran de estatura mediana. Uno de ellos semicalvo, de bigotes y campera de cuero marrón. El otro, fornido, de pelo renegrido con una parca gris. No había nadie más en el parador. Sólo el dueño y un mozo de cocina. Para Ariel y él el ambiente se espesó tanto como el chocolate de sus tazas. Por un momento no supieron qué hacer. Apuraron sus desayunos, abonaron la cuenta y se dirigieron hacia el auto.

“¡Acelerá!”, le dijo a Ariel “¡Acelerá!” A doscientos metros del puesto la carretera subía una loma que les permitiría tener una mejor perspectiva. Miraron para atrás y advirtieron un coche azul salir del parador en dirección hacia ellos. “! Nos siguen”, exclamaron al unísono. “Nos descubrieron”.

Faltaba algo más de una hora de viaje para llegar a Santiago. Decidieron seguir ese rumbo. Después de todo, iba a ser imposible perder a sus seguidores en la carretera.

Casi no hablaron durante el resto del trayecto. La tensión era enorme y sólo pensaban en llegar a destino. Continuamente miraban hacia atrás pero no podían ver el auto azul. “Tal vez lo estén haciendo adrede”, dijo Ariel “para que no creamos que nos siguen”. “¡Carajo!”, exclamó él. “¡Iba todo tan bien!”.

Cuando llegaron a Santiago se alojaron en un hotel apenas afuera de la ciudad vieja. Iban a quedarse en la ciudad el día entero para partir a la mañana siguiente hacia Ordenes. Ya no tenían la misma tranquilidad que en Madrid o en Londres. Su ansiedad aumentaba. Fueron a recorrer el centro histórico de la ciudad para relajarse algo y de paso comprobar si aún eran seguidos.

Por supuesto garuaba. Siempre garúa en Galicia. “Calabobos”. Así llaman a la garúa los gallegos. La vieja Santiago es una ciudad gris. Por sus cielos y por las piedras de sus edificaciones. Macizas, medievales. Austeras.

Frecuentemente miraban sobre sus hombros. Usaban técnicas de despiste aprendidas en el Instituto. Andaban y desandaban la misma calle. Nada. Ni un rastro de aquellos dos hombres.

Fueron a almorzar no sin antes degustar algunas tapas con vino de ribeiro; en cuenco, como debe ser. Para el almuerzo: vieiras, como debe ser y de postre torta de Santiago, como debe ser.

El resto del día los encontró “haciendo turismo”. Asistieron en la catedral al espectáculo del Botafumeiro por el cual un sacerdote hace columpiar un descomunal incensario a lo largo de la nave central  ante la mirada atónita de todos los presentes.

Cuando caía la noche fueron al bar de la Gayola para una nueva ronda de tapas y cañas de cerveza.

A la mañana siguiente partieron hacia Ordenes. Otra vez Ariel al volante y el acodado en el respaldo de su butaca mirando para atrás a la espera de ver aparecer el auto azul. Entonces, el ring tone de su telefonito los sobresaltó. Era Lanam, desde Madrid. “Tengo más información”, dijo. “Gorgulhos y Cabaleiros son dos poblados rurales que se encuentran al Oeste de Ordenes. Deberán doblar a la izquierda en el km 60. De allí son unos 20 km más. Encontrarán la iglesia de….”(la señal se debilita). “¡Contacten al cura, Contacten al cura!”, exclamó cuando la señal se perdió.

Luego de doblar hacia la izquierda y salir de la carretera principal, se encontraron con un paisaje de verdes lomas con algunas pocas casas esparcidas entre ellas. Casas típicamente gallegas. Las familias vivían en la parte alta y abajo estaba el lugar donde antiguamente reposaban un par de vacas. Sólo que ahora eran reemplazadas por un automóvil cero km. A pocos metros de cada casa se encontraba el hórreo donde secaban el trigo cosechado.

Finalmente llegaron a una pequeña aldea en cuyo centro había un cruceiro, como en casi toda urbanización en Galicia. Frente al cruceiro se encontraba una pequeña iglesia o más bien una capilla construida enteramente en piedra que calcularon sería del siglo 18. Cruzaron una mirada y descendieron del vehículo. Caminaron unos pasos hasta la puerta principal. Unos pocos fieles se encontraban en su interior, sentados en los largos bancos de madera, esperando por el comienzo de la misa. Ariel tuvo una corazonada. “Este es el lugar” le dijo. El lo miró algo incrédulo y se dirigieron, por el exterior, hacia la sacristía donde esperaban encontrar al cura párroco. Justo en ese momento apareció un hombre pelirrojo de sotana partiendo a paso apresurado hacia el altar, nos sin antes mirar a los dos extraños con desconfianza.

Resolvieron esperar a que terminase la misa en el exterior y no porque sus religiones se opusieran, ya que él era agnóstico y Ariel agnóstico/judío o algo así… Lo cierto es que pasaron el tiempo contemplando el paisaje, pateando piedritas y mirando de tanto en tanto hacia la ruta.

El padre Rogelio, así se llamaba el sacerdote, se les acercó. “¿Qué puedo hacer por Uds., señores “ preguntó aún con desconfianza.  Para él fue difícil explicarle el porqué de la visita.

Tenía el manuscrito en su mano derecha, la que agitaba todo el tiempo a la vez que daba explicaciones al cura sobre cómo lo encontró, el tiempo que tardó en estudiarlo, lo importante que suponía que sería para él.

Ariel le contuvo la mano en la que tenía el documento y dijo: “¡Abrilo y mostráselo!” Así lo hizo,  no sin antes sentir vergüenza por su actitud vacilante.

El padre Rogelio lo desdobló, se llevó su mano derecha a la barbilla. Leyó las dos hojas manuscritas del siglo 19, y les dijo: “Aquí en Gorgulhos no tengo los elementos necesarios para darles una explicación. Deberemos trasladarnos a la iglesia de Cabaleiros donde se encuentran los registros de todo lo acontecido en esta capilla.” Y dirigiéndose a él,  le dijo ahora con ojos confiados:” Pero algo le puedo anticipar. Esto es muy importante para Ud.”

 

Subieron a los autos. Miraron hacia la parte de la carretera desde donde habían llegado. “¡Que extraño ver un cura en sotana subir a conducir un automóvil!” Recorrieron los pocos kilómetros que separaban Gorgulhos de Cabaleiros, una aldea apenas algo más grande. Estacionaron en una pequeña explanada contigua a la iglesia. En esos pueblos rurales las calles no tenían cordones. Sólo el ripio y el pasto.

Dando un vistazo hacia atrás, entraron a una oficina contigua cuyas otras habitaciones servían de casa para el padre Rogelio. Dos de sus paredes eran bibliotecas llenas de libros. El cura le pidió el manuscrito y releyó la fecha: 14 de Agosto de 1890. Miró una de las bibliotecas y recorrió uno de los estantes con su dedo índice en el aire, señalando los lomos de los libros. Se detuvo en uno. “Ajá” dijo, elevando algo su voz. “Aquí está”.

El se volvió hacia Ariel Lo miró angustiosamente. Desde que salieron de la capilla de Gorgulhos había empezado a transpirar y su camisa ya estaba casi empapada.

Ariel tuvo que ayudar al sacerdote a retirar el enorme libro de la biblioteca. Lo depositaron en un gran atril de madera junto a la ventana. El padre Rogelio volcó la gran tapa de cuero marrón y con mucho cuidado fue pasando las hojas amarillas hasta detenerse en la que buscaba. “¡Esto es!”, exclamó. “Esto confirma lo que dice el manuscrito que Ud. aprieta entre sus manos” “Hombre”, le dijo. “Deje Ud. de temblar”. “Aquí está lo que buscaba”. “Vea Ud.” “Lea Ud.” Y el leyó: “Aquí se viene a certificar el nacimiento del niño Antonio, hijo de don José y de doña Josefa, hijos éstos de… todos vecinos de Gorgulhos y Cabaleiros…”

“Pero… pero” dudó él. “Entonces el niño fue bautizado en aquella pequeña capilla”.

“Así es” asintió el pelirrojo sacerdote.

Ariel inclinó apenas su cabeza en gesto de afirmación y de satisfacción por haber confirmado su corazonada.

Las palabras de despedida del padre Rogelio aún hoy resuenan en él. “Puede Ud. dejar de buscar”. “Continúe tranquilo y confiado el resto del camino”. Se dieron un fuerte apretón de manos y se despidieron hasta alguna vez.

De nuevo en la explanada abrazó a Ariel muy fuertemente y se lanzó a llorar desgarradamente como un niño, como aquel niño que era su padre y que bautizaron en la pila de la pequeña capilla de piedra del siglo 18.

Otra vez lo miró a Ariel y sintió como tantas otras veces el fuerte apoyo que siempre le había significado en su vida…a pesar de la distancia.

Sólo hay que sentarse en las terrazas de Las Vistillas para comprender la acción de la miel sobre Madrid. El sol se hunde en el horizonte y la miel de sus débiles rayos se derrite cubriendo paredes, monumentos, torres, el Manzanares.

Cada uno sostenía una caña en la mano, Lanam, Ariel y él, cuando recordó una expresión anterior: “¿Cómo llegamos hasta aquí?”, dijo. Los tres vasos chocaron en el aire.

Un auto azul pasaba por la calle de Bailén, y otro, y otro, y otro…

El Bosque de las Luciérnagas

noviembre 7, 2009

Algunos decían que no existía, otros creían en él. Muchos, muchos pasaban de la idea y unos muy pocos jamás confesarán que pisaron su suelo. Aunque seguramente disfracen la verdad y conviertan la experiencia en un cuento que relatarán a los más pequeños a la hora de llevarlos a la cama.

Pero la realidad, ah la realidad! Es la que tú quieras imaginar; pues imaginando la realidad, realizarás tu imaginación. Decían que se encontraba cerca del río, del ancho río que bañaba las costas de Kalolandia; ese país en el que la música se escuchaba todo el tiempo. Definitivamente sí, se hallaba cerca del río, del ancho río, que aunque no se veía desde el bosque, el rumor de sus aguas y el aroma de sus riberas denotaban su cercana presencia.

Cuánto tiempo has andado; cuántas veces te hablaron del Bosque de las Luciérnagas; cuántas veces los desoíste; cuántas creíste no estar preparado; cuántas intentaste disparar el arco zen buscando ese blanco que te mostraban y tú nunca veías. El Bosque de las Luciérnagas ya no es espejismo, ya no es quimera. Allí está. Cerca del río, del ancho río.

Tú ya lo has percibido. Transformaste esa cárcel en alfombra voladora y el navío de una sola vela te trajo por el río, el ancho río hasta el Bosque de las Luciérnagas para descalzarte y caminar por su verdor. Para inspirar sus aromas, para aromatizarte de inspiración.

Y has descubierto que no te encuentras solo en el Bosque de las Luciérnagas. Tus queridos están con vos. Si hasta el Hada del Bosque que alguna vez te hablara de nuestras cárceles del alma que son tan nuestras como la libertad de navegar, se paró frente a ti en el Bosque de las Luciérnagas extendiendo su mano para mirarte sin hablar, para decirte sin decir aquello que tú, ahora sí, has comprendido.

Cae la noche en el Bosque de las Luciérnagas. La luz que apenas se filtraba por la espesura de su fronda se desvanece. Entonces sí aparecen ellas: las luciérnagas, sus habitantes nocturnos, sus dueñas. Titilan nerviosamente alrededor del Hada entregándole, como cada noche desde hace siglos, el profundo secreto de la armonía que ella revelará a los que encuentren el Bosque.

Ya es noche en Kalolandia. Cerca se oye el río, el ancho río.

JAC

Alquitrán en la Ruta 66

noviembre 4, 2009

Era uno de esos días de verano en los que la furia del sol sobre la ciudad le demostraba a los humanos lo errado que era vivir en una megalópolis.
Desde la ventana de su oficina se podía ver el edificio de enfrente, el de al lado, el de más allá y también el de más acá. Tenía la suerte, o mejor dicho el cargo necesario en la empresa como para ocupar un piso alto y así espiar el cielo.
La mañana había sido extrañamente tranquila. “¡Debe ser por el calor!”, pensó. Sólo había tenido algunas reuniones preparatorias pero nada decisivas. “¡Es por la proximidad de las fiestas!” aseguró.
Sentirse relajado lo envalentonó para salir a la calle. Tomó el saco del perchero, pero recapacitó y lo volvió a colgar. Salió de su despacho encaminándose hasta el ascensor que fue abarrotándose de gente a medida que descendía a la planta baja.
Recorrió el enorme lobby de entrada y mirando sus inmensos ventanales, pensó cuán necesarias serían unas plantas.
Navegó por la puerta giratoria y entonces sintió el aire del verano estallándole en el cuerpo. Pensó en dar media vuelta más, como los niños hacen, y regresar al lobby, pero ese día estaba decidido. “¡Algo me sucede; deben ser las vacaciones!”, aseguró.
Caminó hacia el norte; a siete cuadras se encontraba el río donde la brisa lo refrescaría. Sólo alcanzó a caminar cincuenta metros cuando en la esquina descubrió una máquina gigantesca. Nunca había visto nada semejante. Hasta llegó a compararla con el monstruo del lago Ness,-“¡Que sí existe! Y cuando se deja ver es porque busca el calor de los veranos caledonios.”
Alrededor de la monstruosa criatura había una cuadrilla de operarios con sus chalecos refractantes que sudaban hasta su propia sangre, por el calor del día y por el que emanaba de la infernal máquina.
El monstruo tragaba alquitrán sólido por su tolva superior y luego de pasar por un proceso interno de derretimiento, esparcía en la calle, como una enorme lengua, el asfalto que agradecerían los automovilistas pero que actualmente odiaban los transeúntes.
Ya confundido por el agobiante calor, el infernal monstruo y los sudorosos hombres, sintió que debía conectarse con la naturaleza para escapar del averno que lo rodeaba. “¡Debo oler tierra!” se aconsejó. “Así podré conectarme con mi Ser”. Y maldijo haberlo dejado en la oficina. Así era pues, su Ser sólo existía en la oficina. Nunca debió haber traspasado la puerta giratoria.
Miró a su alrededor girando como un trompo; buscando ese pedazo de tierra que le devolvería la cordura; pero no lo hallaba. Arriba, sólo el vidrio, el acero y el cemento de los edificios. Apenas atisbaba el cielo donde la fulgurante luminosidad del sol encandilaba sus ojos claros.
No podía parar de girar hasta que dio un salto y trepándose a la tobera de la máquina, recogió con sus manos unos trozos de alquitrán, los olió, los inspiró y los esnifó y hasta los restregó por sus narices.

Despertó luego en la guardia del hospital de la City. Estaba sedado y no entendía bien qué había sucedido. Sólo supo que nunca debió atravesar la puerta giratoria.
Días más tarde, ya dado de alta, se encontraba en el living de su casa frente al televisor con un vaso de Etiqueta Negra en su mano izquierda y el control remoto en la derecha. No prestaba atención a lo que sucedía en la pantalla. Por su mente sólo transcurrían las imágenes de aquel caluroso día en la City.
De repente, como en aquel día, sintió un estremecimiento extraño recorrer su cuerpo. Apoyó el vaso de whisky, apagó el televisor y miró alrededor de su enorme y lujoso departamento. “¿Por qué no tendría balcones?” “¿Por qué no habré puesto plantas?” se preguntó.
Tomó su estilográfica con pluma de oro y una pequeña hoja de papel y redactó una nota para la señora Elvira, quien llegaría por la mañana para hacer la limpieza. Recordó las veces que ella, con felicidad en el rostro, le había hablado de sus cinco hijos; de lo que tuvo que luchar después que su marido la abandonase; del tren y del metro que diariamente debía tomar para llegar al centro. Y él escribió: “Sra. Elisa: Aquí le dejo las llaves originales del departamento; son suyas. Además, quiero que todo lo que hay aquí sea para Ud. y sus hijos. Muchas gracias por tantos años de dedicación y servicio”. Firmado: El.
Descendió hasta el garaje y subió a su auto importado. Recordó que en la avenida de circunvalación había una agencia que vendía trailers. Llegó hasta el local y dando su europeo en parte de pago, retiró uno de esos buses transformados en casa rodante. Giró la llave del encendido y rogando no chocar contra nada (era enorme) se dirigió hasta el empalme de la 66.
Amaneció manejando y paró en una gasolinera para repostar combustible. Compró agua mineral, café instantáneo y re-emprendió la marcha por el desierto. Recordó Paris-Texas, Bagdad Café y notó que hacía mucho que no evocaba cosas vívidas. Sólo habían sido títulos, acciones, divisas o tasas de interés. Aferrándose fuerte al volante, esbozó una gran sonrisa.
Ya era casi mediodía, el sol del desierto caía a plomo auque extrañamente él no lo padecía, apenas sentía calor…sólo calor.

Supuso por la posición del sol (su Cartier se lo había dejado a la Sra. Elvira) que serían las 2 p.m. Levantó su mirada hacia el espejo retrovisor y se descubrió barbudo. “Voy a parar para afeitarme” decidió. Aminorando la velocidad, fue desplazándose hasta la banquina y descendió hasta la tierra reseca. Tomó la vieja navaja amarillenta que había sido de su padre, la espuma de afeitar y bajó del vehículo. Utilizó uno de los vidrios laterales como espejo y bajo el sol del desierto comenzó el ritual que tan bien le había enseñado su viejo español. Cuando acabó de rasurarse, refunfuñó; no por algún inevitable corte sino por olvidarse de comprar loción en el seven-eleven de la gasolinera. Después de todo era muy pronto para dejar de lado sus refinamientos citadinos. Tomó entonces uno de los bidones de combustible que llevaba de repuesto, y volcando un pequeño chorro en su mano izquierda, se masajeó la cara. Los cuervos cercanos se espantaron al escuchar su alarido.
“¡Puta con los hidrocarburos!” Maldijo.
JAC

Ya no Más

noviembre 1, 2009

Ya no más ilusiones.
Ya no más sueños.
Todo lleva hacia el abismo.
Todo abismo lleva a tí.
¡Pudiste cambiar el rumbo!
¿Pudiste?
¡Pudieron ayudarte!
¿Pudieron?
Se descorren los velos.
Sólo queda la realidad.
¡Estás cómodamente adormecido!
¿Cómodamente?
¡Cierra tus ojos!
¡Usa las cobijas!
¡Todo pasará, pasará!
Pero el último quedará…

JAC

Eu Vou te Contar (Fauzi Arap)

octubre 26, 2009

Yo voy a contarte
que tú no me conoces
y yo tengo que gritar eso
porque tú estas sordo, y no me oyes.
La seduccion me esclaviza a ti,
al final de todo, tu permaneces conmigo
pero presa a lo que yo crié, y no a mi.
Y cuanto mas hablo sobre la verdad entera
un abismo mayor nos separa.

Tu no tienes un nombre,  y yo tengo.
Tú eres un rostro en la multitud
y yo soy el centro de las atenciones.
Pero hay mentira en la apariencia de lo que yo soy
y hay mentira en la apariencia de lo que tú eres
porque yo no soy mi nombre
y tu no eres nadie.

E el juego peligroso que yo practico aquí
busca llegar al límite de aproximación.
a través de la aceptación de la distancia y del reconocimiento de ella.

Entre tú y yo existe la noticia que nos separa.
Yo quiero que tú me veas a mi.
Yo me desvisto de la noticia
y mi desnudez plena te denuncia y te refleja

Yo me delato.
Tú me relatas.
Yo nos acuso y confieso por nosotros.
Así,  me libro de las palabras con las cuales
tú me vistes.

[Fauzi Arap]

La Alfombra Verde

octubre 21, 2009

Si bien era un pequeño mundo el de la alfombra verde, apenas asomarse desde el zócalo le daba vértigo. Entonces volvía a su inconfortable somnolencia viendo expandir su cuerpo y empequeñecer su alma.

“La mente domina lo ingobernable”, pensó.
Su sopor era tal que “pensaba” alucinaciones que no lo podían ilusionar aunque se volvía más iluso cada día.

Nunca registró cuánto tiempo había transcurrido. “Las diferencias se borran”, aprendería más adelante de labios de la pitonisa; cuando esta vez sí, percibió una mano conocida, cálida, extendida que lo invitó a ponerse de pie.

Sus movimientos eran torpes cual autómata. Y tampoco supo cómo se encontró en el muelle a punto de abordar el pequeño navío que lo llevaría hasta la isla del Oráculo.

“Navegar es preciso”, recordó. Y el recuerdo le hizo apenas sentir que algo sucedería. Claro, nunca lo imaginó, sobretodo cuando se encontró dentro del navío de una sola cubierta, un solo mástil y una vela cuadrada y con muchos rostros mirándolo abordar. Rostros algunos temerosos como el suyo, otros curtidos por el sol de etapas anteriores del mismo viaje.

Muchos días con sus muchas noches pasaron. Los primeros miraba hacia atrás hipnotizado por la estela y así transcurrieron algunos más hasta que de pronto sintió, sí, sintió que el aire fresco de proa en su cara le hacía mucho mejor y lo hacía viajar más liviano.

A lo largo del periplo pudo también mirar a sus compañeros de viaje, compartiendo con ellos, recibiendo y dando, dando y recibiendo, como el pausado ritmo que la superficie de las aguas le daban al pequeño navío.

La isla está a la vista, las columnas del Oráculo se divisan entre las luces del alba. Y aunque aún no llega a destino, la fresca brisa marina le ha ido trayendo los pensamientos de la pitonisa: “¡Ven aquí, te esperamos!”. “¡Aprenderás muchas cosas más!”.

JAC

Salvador

octubre 17, 2009

Con paso dubitativo emprendiste el camino hacia el puerto otra mañana más.
La hermosura de una rosa hibiscus compite con tu cabellera.
Ese aroma salobre que trae el andar ribereño te envuelve con una mezcla atávica de fritanga y cachaça.
Lacerda se eleva amarillo como el sol y el Mercado Modelo se despierta de sus ajetreados días.
¡Y pensar que la gris mañana de otoño se irá transformando en una explosión de colores y agitamiento cuando el día vaya desgranando sus horas!
Imaginas paraísos, escenarios plenos de luz, de armonía, de paz. Hacia la derecha de tu andar, insulta ese color que tus ojos fundieron.
Como tantas veces antes te dejas llevar. Te ofreces dócil al viento de la vida con la fragilidad de una hoja meneada por la brisa. Llevas en tu interior la fuerza de tu convicción.
Lo que deba ser, será…
Te saludo Oh Iemanjá, Sirena del mar, Odó ià!

JAC

La Rompiente

octubre 16, 2009

Cada mañana salía a la pequeña terraza y miraba hacia el horizonte.

Con el tiempo pudo distinguir, por su canto, a los pájaros tropicales que durante la alborada hicieron las veces de despertador selvático.

Escuchaba el melodioso canto de la “sabiá”, el “taca-taca” inconfundible del “tucano” y los silbidos, gorjeos y trinos de tantos otros que solían permanecer ocultos entre el follaje cercano.

Al frente, la vista era despejada. Se veía el parque, el cerco, la arena, el mar y metros más allá, el fin del arrecife donde comenzaba la rompiente.

Cada mañana, ese color podía emocionarlo hasta las lágrimas y relajarlo.

Cada mañana, algunas sin desearlo, repetía el “Saludo al Sol” que invariablemente le recordaba aquella presente ausencia.

La eterna brisa marina le invitaba a inspirar profundamente. Casi un diario pranayama.

Pero, y siempre hubo un pero, no permitía que esa diaria esperanza, ese viaje interno que comenzaba cada mañana, continuase más allá de la rompiente.

¡Sí, la rompiente! Sus propias columnas de Hércules, donde las monstruosas y amenazantes tortugas marinas, donde Lestrigones y Cíclopes harían zozobrar su nave.

Cada mañana casi como una letanía, a poco de levar anclas y desplegar sus velas, el navío las arriaba y volvía a puerto por refugio.

Cada mañana su mirada se perdía en la rompiente, su horizonte cercano.

Cada mañana volteaba y se encontraba con la amplia cama, vacía. Y ya no sabía si era por culpa de los pranayamas, de los Saludos, de los pájaros o de las velas.

Nuevamente miraba hacia el horizonte, hacia la rompiente. El sabía de rompientes y de arrecifes. Los hubo recorrido en distintos mares que siempre lo fascinaron. Hasta que descubrió ahora ese otro color, el turquesa, y supo lo que era quedarse sin aliento.

Cada mañana se invitaba a ir más allá de la rompiente.

Cada mañana arriaba sus velas.

Fue un día de junio; las lluvias se contaban por semanas y ella estacionó su pequeña motocicleta afuera de la recepción. El, que venía de su diario arriar de velas, se asomó desde su oficinita en el piso alto cuando oyó el sonido del motor.

Entonces notó que, milagrosamente, las lluvias cesaron en ese instante.

La desconocida se quitó el casco negro, sacudió su corta cabellera castaña y volteándose, miró hacia arriba. La sorprendió que el torso del hombre desapareciera súbitamente de la pequeña ventana. En realidad, la cinematográfica escena lo había empujado hacia atrás con la fuerza de una tromba hasta caer sentado en su silla.

“¡Oooi!” saludó ella; y él supo entonces que ella se había apoderado definitivamente de su alma.

“¡Así de extremistas somos los marinos!” pensó. “¡Así de profundos somos los buzos!”, se corrigió.

Bajó las escaleras de madera que siempre crujían a pesar de sus pies descalzos. Casi como una fanfarria que anuncia el comienzo del desfile, sus pasos tronaron en la recepción; no por la firmeza del descenso sino más bien por su indisimulable ansiedad trastabillante.

A duras penas, mientras descendía pudo ver el horizonte. Inexplicablemente, la rompiente se había desplazado muchos,  muchos metros mar adentro.

JAC

Rulos

octubre 16, 2009

Diste un pequeño salto detrás de la pesada puerta de hierro y vidrio. El frío de la noche de otoño se esfumó repentinamente y tu sonrisa de nena iluminó una vez más mi camino.

El marrón de tus ojos profundos me envolvió como cada vez que me miran y apareció esa sonrisa que destruye, abate, demuele lo que resta de mis pecheras andrajosas, de mis corazas ya oxidadas.

Pude sentir que una brisa se adentraba profundamente en mi boca llevando su frescor, penetrando cada recoveco, cada poro, inundando cavidades secas, iluminando callejones oscuros.

Fui consciente en cada momento de que habías entrado definitivamente en mi vida. Como un torbellino desplazaste de mí viejos recuerdos, viejos errores, viejas excusas.

¡Bienvenida a mí!

JAC

Les

octubre 16, 2009

Modales visuales,
inusuales,
sensuales,
atemporales,
repetidos hasta el cansancio,
fatiga, éxtasis participativo,
unión, comunión, exacerbación,
altitud, plenitud, lasitud,
levedad.
Vos y yo.

JAC